por Felipe Rodríguez
Si la música se basara en un ranking de proezas lideradas por la intuición, los integrantes de New Order deberían estar en el podio del rock. En sus más de 40 años de actividad -si sumamos su esplendoroso y sombrío pasado en Joy Division-, los músicos han visto y hecho de todo. Estuvieron presentes en el mítico primer concierto de los Sex Pistols en Manchester; sobrevivieron a la tragedia que significó el suicidio de Ian Curtis, el ideólogo de Joy Division, poco antes de su primera gira a Estados Unidos; crearon por casualidad uno de los mejores temas de la historia de la música electrónica, “Blue Monday” -en su época, popularizado en Chile por Don Francisco en un concurso de breakdance-; se jugaron la vida inventando una discoteque, “La Hacienda”, que propulsó la renovación del rock influido por las drogas sintéticas y se convirtieron en una de las mayores instituciones de la música electrónica, unos pocos peldaños más abajo que los alemanes Kraftwerk.
Stephen Morris, el baterista histórico de los ingleses, se siente orgulloso de su pasado. Sobretodo, porque siempre fueron limitados con los instrumentos. “Para nosotros, la música fue como estar en un combate. Nunca escondimos nuestras limitaciones, pero le poníamos pasión y ganas a lo que hacíamos. Recuerdo que para el primer disco de Joy Division -“Unknown Pleasures” (1979)- pasaba horas y horas ensayando solo, exigiéndome, buscando una velocidad y una métrica que cuadrara con lo que me pedía el productor Martin Hannett y lo que queríamos. Honestamente, cuando partimos nunca tuvimos la noción de hacer música que pasara a la posteridad, no sabíamos donde íbamos ni donde deseábamos ir. Ese carácter amateur, de disfrutar lo que hacíamos, fue lo mejor porque la evolución se dio en forma cómoda”, sostiene al teléfono desde Londres.
Morris asegura que goza de un momento de plenitud. Con 62 años y lejano de los abusos de alcohol y drogas, el presente lo ubica en un periodo de reposo, pero sin conformismo. “Siempre he sido súper crítico con nuestra música, porque me involucro demasiado en ella. Te lo digo en pocas palabras: me costó más de quince años comprender que la música de Joy Division y, luego, la de New Order eran muy buenas. Y a mis compañeros también. Nunca fuimos de valorar lo que hacíamos en el momento porque siempre estábamos pensando en el próximo paso”.
Desde hace 14 años, la banda tiene una baja sensible. Peter Hook, el bajista de sonido marcial y protagónico, se despidió de sus compañeros a fines de 2006, tras un histórico concierto en Buenos Aires. Aunque al principio se supuso que el distanciamiento sería momentáneo -como los cinco años de receso que tuvieron en los 90-, las heridas no han cicatrizado. Hook, quien actuó en solitario en Chile en un par de ocasiones, no ha perdido oportunidad para mostrarse belicoso y distante, especialmente con el vocalista Bernard Sumner. Morris, siempre en un lugar secundario entre sus compañeros, quiso forzar un reencuentro entre ellos, pero el bajista lo cortó de raíz. Cuando se refiere a Hook, el baterista cambia su forma de hablar. Las risas se transforman en segundos de reflexión y su opinión es medida, como si no quisiera herir los sentimientos de nadie. Porque, insiste, New Order es una familia. “En los 90, estuvimos cinco años en que, con suerte, hablamos tres veces por teléfono hasta que decidimos juntarnos para ver si podíamos hacer música nuevamente y publicamos “Get Ready” (2001). Fue un periodo feliz, de estar con los amigos, de recordar y reírnos. Como una familia. Ahora, lamentablemente, las cosas son distintas y te puedo decir que es muy improbable que volvamos a estar juntos en un escenario. Nunca hay que decir nunca, pero no vislumbro una solución a nuestros problemas. Estando treinta años juntos, las personas cambian, quieren cosas distintas y crecen en distintas direcciones. Sería fácil para mí decir que nuestros inconvenientes son sólo musicales, pero es mentira. Va mucho más allá. Tuvimos problemas de convivencia”, advierte con sinceridad.
Ahora, lamentablemente, las cosas son distintas y te puedo decir que es muy improbable que volvamos a estar juntos en un escenario.
Stephen Morris, baterista de New Order.
Cada ciertos minutos, Stephen Morris revive las historias de sus míticas bandas con una palabra: milagro. Y tiene razón. Luego del suicidio de Ian Curtis, que bajó sorpresivamente el telón de esa orquesta fúnebre llamada Joy Division, los tres sobrevivientes vivieron un duelo renovador. La tristeza congénita de su música inicial se transformó en un culto al baile y a la fiesta y, por casi dos años, New Order no concedió entrevistas. El baterista recuerda esa época como mazazos donde se vieron obligados a avanzar y en que el fantasma de Curtis sobrevolaba en todos los lugares donde iban a actuar. “Estuvimos un tiempo yendo a locales en Londres a disfrutar de otra música. Cuando Ian se suicidó, acordamos poner una línea divisoria con la gente y los periodistas. No queríamos hablar más de muertes ni de lo que vendría para nosotros. Queríamos paz y nos respetaron. Cuando grabamos “Movement” (1981), fuimos a Nueva York para tener más tranquilidad, pero también tuvimos problemas. Nuestro productor, Martin Hannett, consumía cada vez más drogas y aunque aprendí mucho de él, con el tiempo estar a su lado fue mutando en una experiencia dolorosa. Afortunadamente, la música fue hablando por nosotros y todo salió muy bien”, reconoce.
La década de los 80 fue prodigiosa para los manchestarianos. “Power, Corruption & Lies” (1983) –que se reeditará en octubre-, “Low Life” (1985) y “Technique” (1989) es un trío de álbumes soberbios. Casi tanto como el single “Blue Monday”, hasta hoy símbolo de modernidad y futuro. Como sucede con la música de sus venerados Kraftwerk. “Seguimos el legado del punk, de ver a los Sex Pistols y nos hizo bien. En esos años, hacíamos música dance, pero nuestra escuela era punk. Queríamos decirle al mundo que no necesitas escuelas ni conservatorios para ser músico. Sólo debes tener actitud. Tuvimos que aprender a tocar con secuencias y beats robóticos, instrumentos que encontramos en Nueva York, y que nos volaron la cabeza. Por eso que el éxito de “Blue Monday” nos pilló por sorpresa. Las ventas de ese single nos permitieron hacer cosas que nunca pensamos”, recuerda.
Lo que nunca pensaron fue, por ejemplo, que la dictadura de las máquinas los llevaría a desarrollar otro de sus proyectos históricos: la discoteque La Hacienda. A fines de los 80, ese lugar fue el germen, el inicio de un periodo estelar de la música británica, sustentado en la experiencia con las drogas de diseño y que generó una cantidad de herederos como The Chemical Brothers y Primal Scream, entre otros. “Estoy feliz de haber sido parte de esa época, aunque te confieso que no me acuerdo demasiado (risas). La Hacienda era un lugar de libertad, un espacio abierto donde se tocaba como uno quería. Fue un cambio en la forma de diseño de los centros recreativos. Hubo mucho desmadre, mucha droga, pero lo central era divertirse. Además, salieron demasiadas bandas de chicos que iban a ver lo que hacíamos los más viejos. Gasté mucho dinero por las ganancias que nos dejó “Blue Monday”, pero jamás me arrepentí. Fue genial”, cuenta.
-¿Planean realizar un nuevo disco en el corto plazo?
-Ya no somos tan jóvenes (risas). Eso tomará cierto tiempo y nada nos apura. Veremos qué pasa.