por Felipe Rodríguez
Ringo Starr cree en los milagros. Su vida, ha reconocido, es un milagro. A los 13 años, cuando estuvo internado en un hospital por una fulminante tuberculosis, su profesora de música llegó a visitarlo con unos pequeños tambores de regalo. Fue su mejor compañía en la etapa post operatoria. Pocos años después, a los 17, estaba decidido a irse a Houston, a aprender de su ídolo, el baterista Lightnin’ Hopkins. Se arrepintió a último momento. Una decisión azarosa que, sin querer, le cambiaría la vida: le ofrecieron ser el cuarto Beatle.
Minimizado en su juventud por la prensa ante el descomunal talento de los gigantes Lennon y McCartney, en la primera etapa de la banda nunca se sintió menoscabado. Tampoco imaginó que su grupo sería tan trascendente que abriría una brecha generacional. Su plan de vida estaba listo. Cuando dejara las baquetas, pensaba instalarse con una cadena de peluquerías.
Desde septiembre de 1962, cuando es oficialmente integrante de The Beatles, Ringo Starr, hijo único, ve en sus compañeros a su nueva familia. Aunque es el menos dotado artísticamente y quien menos se nutre de cultura, cumple otras funciones. Es el más gracioso en las conferencias de prensa, el primero que prueba droga –marihuana- a manos de Bob Dylan y quien empuja a sus compañeros a vivir el presente, sin importar el futuro.
El grupo evolucionaba y la magia parecía no tener fin. En pocos años, saltaron del sonido adolescente y anfetaminado de la época de Hamburgo a la distorsión del LSD de “Revolver” (1966). Ringo estaba en segunda fila, pero nunca fue comparsa. Cuando viajan a India en febrero de 1968 para meditar en familia junto al Maharishi, aguanta una semana. La explicación es que no le gusta la comida y que su mujer está cansada de las moscas. El problema es otro. El baterista no se traga la verborrea del “iluminado” hindú y prefiere hacer las maletas.
Las presiones y el cansancio terminan fastidiando al baterista. En plenas sesiones del Album Blanco (1968) abandona el grupo aduciendo inseguridad y escaso protagonismo. Pasa unas semanas en Grecia, en el yate de su amigo Peter Sellers, compone una de sus dos canciones –“Octopus’s garden”- y sus compañeros lo llaman a que se reincorpore. Cuando vuelve a los estudios, Harrison lo sorprende con un detalle: en su batería, pone decenas de flores.
Cuando la banda se desintegra en 1970, Ringo recupera su individualidad. Es el primero en publicar, pero sus discos asociados, primariamente, a versiones de country no poseen mayor encanto, salvo el álbum q lleva su nombre (1973). Es un periodo de libertad, colaboración –muchos de sus amigos le ceden canciones- y, sobre todo, mucho alcohol. Durante los 80, se dedica a la familia y en su casa golpea la mesa: echa a su primogénito Zack –el más hábil músico de la descendencia Beatle- porque no sigue sus reglas.
A fines de esa década, Pepsi le ofrece un contrato: salir de gira con músicos cercanos y tocar un repertorio que mezcle el cancionero Beatle y de su propia autoría. Recorre el mundo como una leyenda y es un éxito. Tras la muerte de Lennon en 1980, compartió más con Harrison que con McCartney. En el documental de Scorcese sobre el desaparecido autor de “Something”, Ringo llora al recordar a su amigo. Hoy, con 80 años, y un envidiable aspecto juvenil, el baterista vive el ocaso de su existencia entre el estudio, las giras y la admiración popular. Consciente que fue uno de los cuatro que cambió la historia de la música.