por R. Vera
Hace no mucho llegó a las librerías nacionales la novela «En la tierra somos fugazmente grandiosos» de Anagrama, repleta de buenas críticas y haciendo hincapié en el argumento: una carta de un hijo a su madre analfabeta. No es casualidad que esa forma de concebir el relato se parezca a la poesía. Es un terreno que su autor conoce bien y que lo ha provisto, a sus 31 años de edad, de numerosos galardones e incentivos literarios, como el Forward Prize en Estados Unidos y el T. S. Eliot en Inglaterra.
Nacido en Saigón, Ocean Vuong es considerado el último prodigio de las letras estadounidenses. Nieto de un soldado estadounidense destinado a Vietnam y de una campesina analfabeta, llegó a Estados Unidos a los dos años tras pasar sus primeros meses de vida en un campo de refugiados en Filipinas. Fue el primer miembro de su familia que llegó a ir a la universidad, y en su brillante trayectoria ha debido lidiar no solo con las intrincadas desconfianzas hacia los extranjeros en un país cada vez ostrásico, sino que también con las concebidas cortapisas hacia la comunidad homosexual de la que forma parte.
Destacamos un tono delicado, sin florituras verbales, que hacen referencia, entre otras cosas, al amor furtivo y la figura paterna, y que la web Jámpster colgó hace poco con la traducción de Francisco Cardemil. El material es del libro «Night sky with exit wounds» (2016).
Sin título (azul, verde y marrón): óleo sobre tela: Mark Rothko: 1952 La tele dijo que los aviones chocaron con los edificios. Y yo dije Sí porque tú me pediste que me quedara. Tal vez oramos arrodillados porque el señor solo nos escucha cuando estamos así de cerca del demonio. Hay mucho que quiero decirte. Cómo mi gran recompensa fue caminar por el puente de Brooklyn y no pensar en el vuelo. Cómo hemos vivido como el agua: tocando una lengua nueva sin decir lo que hemos pasado. Dicen que el cielo es azul pero sé que es negro visto a través de demasiado aire. Siempre recordarás lo que estás haciendo cuando hay más dolor. Hay tanto que quiero decirte – pero solo me gano esta vida. Y no me llevo nada. Nada. Como un par de dientes hacia el final. La tele siguió diciendo Los aviones… Los aviones… y yo me quedé esperando en la habitación hecha de ruiseñores rotos. Sus alas revoloteando dentro de cuatro muros borrosos. Solo tú estabas ahí. Tú eras la ventana.
Telémaco Como cualquier buen hijo, saco a mi padre del agua, lo arrastro del pelo por la arena, sus nudillos dejan un rastro que las olas se apresuran en borrar. Porque la ciudad más allá de la orilla ya no está donde él la dejó. Porque la catedral bombardeada, ahora es una catedral de árboles. Me arrodillo a su lado para ver cuánto podría hundirme. Sabes quién soy, ba? Pero la respuesta no llega. La respuesta es la marca de un disparo en su espalda, salpicando agua de mar. Aunque sea él, todavía pienso que podría ser el padre de cualquiera, encontrado de la forma en que una botella verde aparece a los pies de un niño conteniendo un año que nunca ha tocado. Toco sus orejas. Inútil. El moretón del cuello. Lo doy vuelta. Para enfrentarlo. La catedral en sus ojos de mar oscuro. La cara no es mía pero es la que usaré para dar las buenas noches a mis amantes: de la misma forma en que sello sus labios con los míos y comienzo el fiel trabajo de ahogarme.
Besar en vietnamita Mi abuela besa como si hubiera bombas estallando en el patio trasero, donde la menta y el jazmín enlazan sus perfumes por la ventana de la cocina, como si en algún lugar, un cuerpo se desarmara y las llamas hicieran su camino de regreso a través de los recovecos del muslo de un niño, como si al salir por la puerta, tu torso danzara en heridas de fuego. Cuando mi abuela besa, no hay un sonido extravagante ni música occidental de labios fruncidos, ella besa como si te respirara en su interior, la nariz presionada a la mejilla de modo que tu olor es reaprendido y tu sudor se convirtiera en perlas de oro dentro de sus pulmones, como si al sostenerte también la muerte se aferrara a tu muñeca. Mi abuela besa como si la historia nunca terminara, como si en algún lugar un cuerpo siguiera desmoronándose.
Destructor de hogares Y así fue como bailamos: con los vestidos blancos de nuestras madres derramándose a nuestros pies, el fin de agosto ponía en nuestras manos un rojo oscuro. Y así fue como amamos: un quinto de vodka y una tarde en el ático, tus dedos acariciando mi pelo – mi pelo era un incendio forestal. Cubrimos nuestros oídos y el arrebato de tu padre se convirtió en palpitaciones. Cuando nuestros labios se tocaron el día se encerró en un ataúd. En el museo del corazón dos personas decapitadas construyen una casa en llamas. La escopeta siempre estuvo sobre la chimenea. Siempre otra hora que esperar – solo para rogarle a algún dios que la devuelva. Si no el ático, el auto. Si no el auto, el sueño. Si no el niño, su ropa. Si no vivos, cuelga el teléfono. Pues el año es una distancia que recorrimos en círculos. Que es como decir: así fue como bailamos: solos en cuerpos dormidos. Que es como decir: Así fue como amamos: en la lengua un cuchillo que se convierte en una lengua.
DetoNación Hay un chiste que termina en — ah? Es la bomba diciendo aquí está tu padre Ahora aquí está tu padre dentro de tus pulmones. Mira cuán liviana es la tierra después. Tan solo escribir la palabra padre es tallar una porción del día de una página con el brillo de una bomba Hay suficiente luz para ahogarse pero nunca para entrar en los huesos y permanecer. No te quedes aquí, dijo, mi muchacho roto por los nombres de las flores. No llores nunca más. Entonces corrí dentro de la noche. La noche: mi sombra crece hacia mi padre.