Ocean Vuong

Crédito de la imagen / John D. and Catherine T. MacArthur Foundation

La poesía se renueva con Ocean Vuong

Aunque se hizo conocido en lengua hispana por una novela semi autobiográfica, el americano-vietnamita Vuong es un joven y laureado poeta que vale la pena explorar.

por R. Vera


Hace no mucho llegó a las librerías nacionales la novela «En la tierra somos fugazmente grandiosos» de Anagrama, repleta de buenas críticas y haciendo hincapié en el argumento: una carta de un hijo a su madre analfabeta. No es casualidad que esa forma de concebir el relato se parezca a la poesía. Es un terreno que su autor conoce bien y que lo ha provisto, a sus 31 años de edad, de numerosos galardones e incentivos literarios, como el Forward Prize en Estados Unidos y el T. S. Eliot en Inglaterra.

Nacido en Saigón, Ocean Vuong es considerado el último prodigio de las letras estadounidenses. Nieto de un soldado estadounidense destinado a Vietnam y de una campesina analfabeta, llegó a Estados Unidos a los dos años tras pasar sus primeros meses de vida en un campo de refugiados en Filipinas. Fue el primer miembro de su familia que llegó a ir a la universidad, y en su brillante trayectoria ha debido lidiar no solo con las intrincadas desconfianzas hacia los extranjeros en un país cada vez ostrásico, sino que también con las concebidas cortapisas hacia la comunidad homosexual de la que forma parte.

Destacamos un tono delicado, sin florituras verbales, que hacen referencia, entre otras cosas, al amor furtivo y la figura paterna, y que la web Jámpster colgó hace poco con la traducción de Francisco Cardemil. El material es del libro «Night sky with exit wounds» (2016).

Sin título (azul, verde y marrón): óleo sobre tela: Mark Rothko: 1952

La tele dijo que los aviones chocaron con los edificios.
Y yo dije  porque tú me pediste que me quedara.
Tal vez oramos arrodillados porque el señor
solo nos escucha cuando estamos así de cerca
del demonio. Hay mucho que quiero decirte.
Cómo mi gran recompensa fue caminar
por el puente de Brooklyn y no pensar
en el vuelo. Cómo hemos vivido como el agua: tocando
una lengua nueva sin decir
lo que hemos pasado. Dicen que el cielo es azul
pero sé que es negro visto a través de demasiado aire.
Siempre recordarás lo que estás haciendo
cuando hay más dolor. Hay tanto
que quiero decirte – pero solo me gano
esta vida. Y no me llevo nada. Nada. Como un par de dientes
hacia el final. La tele siguió diciendo Los aviones…
Los aviones… y yo me quedé esperando en la habitación
hecha de ruiseñores rotos. Sus alas revoloteando
dentro de cuatro muros borrosos. Solo tú estabas ahí.
Tú eras la ventana.
Telémaco
 
Como cualquier buen hijo, saco a mi padre
del agua, lo arrastro del pelo

por la arena, sus nudillos dejan un rastro
que las olas se apresuran en borrar. Porque la ciudad

más allá de la orilla ya no está
donde él la dejó. Porque la catedral

bombardeada, ahora es una catedral
de árboles. Me arrodillo a su lado para ver cuánto

podría hundirme. Sabes quién soy,
ba? Pero la respuesta no llega. La respuesta

es la marca de un disparo en su espalda, salpicando
agua de mar. Aunque sea él, todavía pienso

que podría ser el padre de cualquiera, encontrado
de la forma en que una botella verde aparece

a los pies de un niño conteniendo un año
que nunca ha tocado. Toco

sus orejas. Inútil. El moretón
del cuello. Lo doy vuelta. Para

enfrentarlo. La catedral en sus ojos de mar oscuro.
La cara no es mía pero es la que usaré

para dar las buenas noches a mis amantes:
de la misma forma en que sello sus labios

con los míos y comienzo
el fiel trabajo de ahogarme.
Besar en vietnamita

Mi abuela besa
como si hubiera bombas estallando en el patio trasero,
donde la menta y el jazmín enlazan sus perfumes
por la ventana de la cocina,
como si en algún lugar, un cuerpo se desarmara
y las llamas hicieran su camino de regreso
a través de los recovecos del muslo de un niño,
como si al salir por la puerta, tu torso
danzara en heridas de fuego.
Cuando mi abuela besa, no hay
un sonido extravagante ni música occidental
de labios fruncidos, ella besa como si te respirara
en su interior, la nariz presionada a la mejilla
de modo que tu olor es reaprendido
y tu sudor se convirtiera en perlas de oro
dentro de sus pulmones, como si al sostenerte
también la muerte se aferrara a tu muñeca.
Mi abuela besa como si la historia
nunca terminara, como si en algún lugar
un cuerpo siguiera
desmoronándose.
Destructor de hogares

Y así fue como bailamos: con los vestidos blancos
de nuestras madres derramándose a nuestros pies, el fin de agosto

ponía en nuestras manos un rojo oscuro. Y así fue como amamos:
un quinto de vodka y una tarde en el ático, tus dedos

acariciando mi pelo – mi pelo era un incendio forestal.
Cubrimos nuestros oídos y el arrebato de tu padre se convirtió

en palpitaciones. Cuando nuestros labios se tocaron el día se encerró
en un ataúd. En el museo del corazón

dos personas decapitadas construyen una casa en llamas.
La escopeta siempre estuvo sobre la chimenea.

Siempre otra hora que esperar – solo para rogarle a algún dios
que la devuelva. Si no el ático, el auto. Si no el auto,

el sueño. Si no el niño, su ropa. Si no vivos,
cuelga el teléfono. Pues el año es una distancia

que recorrimos en círculos. Que es como decir: así fue
como bailamos: solos en cuerpos dormidos. Que es como decir:

Así fue como amamos: en la lengua un cuchillo que se convierte
en una lengua.
DetoNación

Hay un chiste que termina en — ah?
Es la bomba diciendo aquí está tu padre

Ahora aquí está tu padre dentro
de tus pulmones. Mira cuán liviana

es la tierra después.
Tan solo escribir la palabra padre

es tallar una porción del día
de una página con el brillo de una bomba

Hay suficiente luz para ahogarse
pero nunca para entrar en los huesos

y permanecer. No te quedes aquí, dijo, mi muchacho
roto por los nombres de las flores. No llores

nunca más. Entonces corrí dentro de la noche.
La noche: mi sombra crece

hacia mi padre.