John O'Hara

John O’ Hara, un escritor sin amigos

Reconocido como uno de los autores estadounidenses indispensables del siglo XX y admirado por Ernest Hemingway y Raymond Carver, se hizo famoso por su virulencia hacia sus críticos. “La chica de California y otros relatos” y la novela “Natica Jackson” están disponibles en Chile.

por Felipe Rodríguez


La buena reputación nunca fue una de las virtudes de John O’Hara. Cuando se reunía con otros escritores, siempre terminaba alabándose a sí mismo: “soy el mejor cuentista”, repetía. El exceso de alcohol también pesaba en su arrogante conducta. Una noche, borracho en un bar, golpeó a dos enanos que no le ponían atención.

Considerado uno de los grandes escritores estadounidenses del siglo XX, amigo de Fitzgerald y admirado por Ernest Hemingway y Raymond Carver, O’Hara (1905) describió con precisión quirúrgica la hipocresía de la alta sociedad, las batallas diarias del ciudadano común y las frágiles existencias de las estrellas de cine. De eso se trata “La chica de California y otros relatos”, un excelente compilado de sus mejores cuentos -publicado en Chile al igual que la novela “Natica Jackson”-, que estampa una imagen de Estados Unidos en la primera mitad del siglo pasado y que resume la identidad artística del narrador: registrar como hablaba, sentía y pensaba la gente y hacerlo con la mayor franqueza posible.

Hijo mayor del único médico de Pottsville, un pequeño pueblo cercano a Filadelfia, O’Hara se negó al futuro que su padre le tenía escrito: la medicina. La alergia a la labor de su progenitor y sus problemas conductuales -fue expulsado de varios colegios por riñas y borracheras- lo desterraron del hogar. Ese hecho lo marcó a fuego. Tuvo que ganarse la vida y fue, entre otras labores, operario en una fábrica de acero y peón de una estación de ferrocarril. Su padre, enterado de la pasión de su hijo por escribir, quiso darle un escarmiento. Le consiguió un trabajo como reportero sin sueldo y a prueba en el diario de Pottsville. La jugada, sin embargo, salió al revés. El futuro escritor se convenció que en las palabras estaba su destino.

Con apenas veinte años, asoma la tragedia. Su padre muere y la familia -su madre y siete hermanos- pasan de la riqueza a la ruina y aflora en O’Hara un estado que lo acompañaría en la vida: el resentimiento. Tras su paso por varios diarios y, en su afán de transformarse en escritor, el 5 de mayo de 1928 debuta con un pequeño cuento en New Yorker, uno de los faros literarios estadounidenses. En ese medio ostenta una cifra todavía insuperable: firmó 247 relatos, pese a que durante diez años dejó de escribir en la revista por una crítica negativa a su novela “A Rage to live” (1949), que proclamaba que su vida como narrador estaba acabada.

Aunque admiraba a Hemingway, lo ninguneaba en público y cuando John Steinbeck ganó el premio Nobel le envió un telegrama que decía, “eras mi segunda opción”.

Esas pequeñas guerrillas fueron una costumbre en su carrera. Muchas veces menospreciado por los críticos, el escritor respondía con ferocidad y virulencia. Además, lo sobrepasaba el ego. Aunque admiraba a Hemingway, lo ninguneaba en público y cuando John Steinbeck ganó el premio Nobel le envió un telegrama que decía, “eras mi segunda opción”.

El alcoholismo también le hizo darse unos balazos en los pies. No autorizó que algunos de sus cuentos o novelas se imprimieran en textos escolares y, sin querer, impidió que se masificara su obra.

Más allá de su impactante capacidad laboral -más de 400 relatos, 17 novelas y una decena de guiones para Hollywood-, el estadounidense tiene varias fortalezas. Fue el uno de los primeros en dar voz protagónica a las mujeres; sus finales siempre fueron abiertos porque “busco que los lectores imaginen sus propias conclusiones”; su inclinación a los diálogos dinámicos y enérgicos fueron su sello narrativo; evitaba las metáforas y frases épicas porque “nadie las ocupa en el día a día” y, especialmente, se basaba en la observación de conductas, modales y discursos -sobretodo, de la clase alta- para elaborar textos que estuvieran enlazados con la autenticidad de la vida.

Los hábitos de O’Hara eran escribir de noche, casi siempre en sesiones continuas de seis horas, y beber de día. Aunque con ciertos ajustes: cuando sufrió una hemorragia interna por su alcoholismo, cambió los hábitos. “Dejar de beber me ha vuelto viejo”, dijo. Recibió solamente un gran premio: el Nacional Book Award por “10, Calle Frederick” (1958) y en 1970, cuando presintió que le quedaba poco tiempo, mandó a escribir su epitafio en su estilo. “El, mejor que nadie, contó la verdad acerca de su época, la primera mitad del siglo XX. Fue un profesional. Escribió bien y con sinceridad”.