por Rodrigo Morales
En 1959, Jack Kerouac le dijo al presentador del programa de entrevistas Steve Allen, que le llevó tres semanas escribir «En el camino». Como se revelaría después, el dato se trató de un clásico ejemplo de auto-mitologización para cimentar la leyenda.
De cualquier forma, «En el camino» es una novela paradigmática por la novedosa técnica de su escritura y por como retrata una manera de ver la vida que inspiró e identificó a una generación completa de artistas. Redactada en un tono frenético y casi reporteril, cuenta las aventuras de Kerouac y sus amigos en sus viajes por los Estados Unidos y México entre 1947 y 1950. Se le considera como la obra definitiva de la generación beat y recibe su inspiración del jazz, la poesía y las drogas.
Un amigo de Kerouac de esos años, Philip Whalen, describe el proceso creativo de la siguiente manera: “Se sentaba –ante una máquina de escribir, con sus cuadernos de bolsillo abiertos a la izquierda de la mesa- y se ponía a teclear. Podía teclear más rápido que ningún ser humano. Lo más ruidoso que se oía mientras tecleaba era el retorno del carro, que chocaba con el tope una y otra vez. La campanilla tintineaba, tinc, tinc, tinc. Increíblemente deprisa, más deprisa que un teletipo. A veces se equivocaba y se desviaba hacia un hipotético comienzo de un nuevo párrafo, hacia una anécdota divertida que añadía mientras copiaba. En otras ocasiones pasaba la página del cuaderno, se quedaba mirando lo escrito y se daba cuenta de que no valía, y lo tachaba, o tachaba una parte de la página. O bien tecleaba un rato, pasaba otra página, lo mecanografiaba todo, pasaba otra página y la copiaba. Pero entonces veía algo otra vez, y lanzaba una exclamación, y se echaba a reír, y proseguía, y se lo pasaba bárbaro con aquello”.
Una vez terminado el original y mientras circulaba entre sus amigos, el rollo sufrió un accidente que pudo haber sido un desastre. En la casa de su amigo Carr, un cocker spaniel masticó el último tramo y Kerouac tuvo que volver a escribir el final. Una nota en lápiz, en su propia letra, indica «comido por el perro», aunque algunos críticos dicen que el original era tan rebuscado que el autor decidió cortarlo para reescribir un nuevo desenlace.
Tuvieron que pasar varios años hasta que Jack Kerouac conoció al agente literario Sterling Lord. Enseguida nació una buena química entre ambos y en 1957 la novela fue publicada por la editorial Viking Press.
El libro, donde aparecen versiones ficticias del propio Kerouac y su amigo escritor Neil Cassady, en busca de nuevas experiencias, ha causado fascinación en todo el mundo desde su publicación. Hoy, el rollo original es propiedad de James Isray, dueño del equipo de fútbol americano Indianapolis Colts, quien lo compró en una subasta de Christie’s en 2001 por $ 2.43 millones y permite su exposición en universidades, museos y centros culturales.
